Por qué no comparto la moda de la dieta cetogénica

En los últimos años, la dieta cetogénica se ha convertido en una tendencia muy popular. Se presenta como una vía rápida para perder peso, controlar la glucosa, mejorar la energía, “quemar grasa” o recuperar la flexibilidad metabólica.

Es importante ser honestos: la dieta cetogénica puede tener usos terapéuticos concretos. Tiene historia clínica en epilepsia refractaria y puede producir pérdida de peso, reducción de triglicéridos, mejoría glucémica o disminución de apetito en algunas personas a corto plazo. En determinados contextos, y bajo supervisión, puede ser una herramienta puntual.

Pero una herramienta puntual no debería convertirse en una moda universal.

Mi postura clínica es claramente crítica con la dieta cetogénica como patrón prolongado de bienestar, especialmente cuando se construye sobre grasas animales, carnes, embutidos, quesos, mantequilla, huevos en exceso y muy poca fibra vegetal.

El primer problema es que suele demonizar injustamente los hidratos de carbono. Y no todos los hidratos son iguales. No es lo mismo una bebida azucarada que unas lentejas. No es lo mismo bollería que avena. No es lo mismo pan blanco industrial que boniato, quinoa, garbanzos, fruta entera o arroz integral.

El segundo problema es la microbiota. Al restringir de forma intensa legumbres, frutas, cereales integrales, tubérculos y muchas fuentes de fibra, se reduce el aporte de sustratos fermentables necesarios para producir ácidos grasos de cadena corta como el butirato. Esto puede empobrecer la arquitectura microbiana, disminuir bacterias beneficiosas como bifidobacterias y reducir poblaciones productoras de metabolitos protectores.

El tercer problema es cardiovascular. Algunas versiones de la dieta cetogénica elevan el colesterol LDL y ApoB en determinados pacientes. Y esto no puede tomarse a la ligera. La pérdida de peso no justifica ignorar marcadores aterogénicos relevantes. Una persona puede adelgazar y, al mismo tiempo, empeorar su perfil de riesgo cardiovascular si la dieta está mal diseñada.

El cuarto problema es su sostenibilidad. Muchas personas consiguen resultados rápidos al principio, en parte por pérdida de glucógeno y agua, pero no necesariamente mantienen una mejora metabólica duradera. La restricción extrema puede generar adherencia pobre, ansiedad alimentaria, efecto rebote o una relación poco saludable con la comida.

Por eso, no necesito demonizar la dieta cetogénica para rechazarla como moda. Basta con ponerla en su lugar: puede ser una intervención concreta, para casos concretos, durante tiempos concretos y con supervisión. Pero no debería desplazar a patrones alimentarios ricos en fibra, diversidad vegetal, legumbres, frutas, cereales integrales y alimentos reales, que cuentan con una base mucho más sólida como estrategia general de salud a largo plazo.

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