Uno de los grandes errores del discurso nutricional actual es dividir la alimentación en bandos: hidratos contra grasas, proteína animal contra vegetal, ayuno contra desayuno, ceto contra mediterránea, etc. La salud no se construye con etiquetas, sino con calidad alimentaria, contexto clínico y adherencia.

La salud no se construye con etiquetas, sino con calidad alimentaria, contexto clínico y adherencia.
La mayoría de personas no enferma por comer garbanzos, fruta, patata, arroz integral o avena. Enferma por una combinación de sedentarismo, estrés crónico, exceso calórico, ultraprocesados, harinas refinadas, azúcares añadidos, alcohol, falta de sueño, baja masa muscular, déficit de fibra y desconexión con las señales reales del cuerpo.
El problema no son los hidratos de carbono como grupo. El problema es el entorno alimentario moderno.
Una dieta basada en plantas bien diseñada no elimina los hidratos saludables. Los utiliza de forma inteligente. Prioriza carbohidratos complejos, ricos en fibra, con baja carga inflamatoria, acompañados de proteína suficiente, grasas saludables y una matriz alimentaria completa.
Esa es una diferencia enorme frente a la restricción indiscriminada.
Medicina Integrativa: buscar niveles óptimos, no solo valores normales
Otro aspecto clave de mi forma de trabajar es no conformarme con que una analítica esté “dentro de rango”.
Los rangos de referencia sirven para detectar enfermedad manifiesta, pero no siempre reflejan salud óptima. Una persona puede tener ferritina baja-normal y sentirse agotada. Puede tener vitamina D dentro de un rango insuficiente para su contexto clínico. Puede tener glucosa “normal” pero insulina elevada. Puede tener colesterol aparentemente aceptable, pero ApoB elevada. Puede tener TSH dentro de rango, pero síntomas compatibles con mala conversión periférica o mala adaptación tisular, especialmente en contextos concretos.
La Medicina Integrativa intenta mirar el conjunto. No trata números aislados, sino personas.

Esto no significa inventar enfermedades donde no las hay. Significa detectar tendencias, vulnerabilidades y desequilibrios antes de que se conviertan en patología establecida.
Y aquí, de nuevo, la nutrición es esencial. Porque muchas de esas alteraciones subclínicas pueden mejorar cuando se corrige el terreno: alimentación, descanso, movimiento, microbiota, estrés, exposición solar, tóxicos, composición corporal y micronutrientes.
